Publicado en (Economía) por SyC el diciembre-29-2009

 

 

Azarias Palles

La poesía es comunicación. Algo que sirve para hablar con los demás hombres.Vicente Aleixandre

Muy significativa han sido las obras, aportaiones de Azarias Pallais para la poesia nicaraguense, al respecto nos lega archivo elnuevodiario.com.ni.  que  una de las más interesantes personalidades de la literatura nicaragüense, Azarías H. Pallais nació en la ciudad de León, hijo del doctor Desiderio Pallais y de María José Bermúdez. El ámbito liberal de esa ciudad y la ascendencia francesa de su padre lo hizo quizá marchar a Francia y a Bélgica a cursar estudios religiosos y filosóficos en el Seminario San Sulplicio de París y en la Universidad de Lovaina, ciudad en donde, además de realizar su vocación religiosa, entró en contacto con la poesía simbolista, que algunos críticos llaman de «tono a banda menor» (Maeterlinck, James, Verhaeren, Rodenbach, Ragnier y otros). En Roma culminó su carrera sacerdotal, doctorándose en Teología en la Universidad Apolinaria.

Para Pallais la poesía no era el territorio o inseguro e incómodo del tormento y la duda, sino la prolongación diurna y diáfana del oficio litúrgico. Una obra que sabe lejana, infantil, ausente como el vitral de una catedral gótica o como las miniaturas de un Libro de Horas o de Iluminaciones medievales».

A partir de 1909 viajó por otros países europeos, optando por instalarse en la poética Brujas de Flandes, ciudad llena de encanto y fantasía que aparece frecuentemente en sus poemas como un símbolo de quietud y contemplación. Ahí también profundizó sus estudios clásico. Es un hecho, según cuentan algunos vanguardistas, que sabía griego, latín y hebreo y que hasta tradujo un trozo de La Ilíada, que no se ha encontrado todavía. Antes de la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, regresó a su León, para ejercer la cátedra en el Seminario de la ciudad. Orador, se le recuerda por sus discursos en las exequias de Darío, en las festividades marianas de la catedral y en el centenario de la Universidad. Fue director del Instituto Nacional de Occidente y miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua, así como cura párroco de Corinto a partir de 1938.

Lo atractivo de la personalidad pallesiana no reside solo en la gran calidad de su obra literaria, elaborada a partir del conocimiento del simbolismo más inefable y místico, así como la presencia de la Biblia y los Libros de Horas medievales, sino su figura avanzada de sacerdote rebelde y contestatario, «preconciliar» en el sentido de esbozar una teología de la liberación, tal como lo ha demostrado José Argüello Lacayo en su extraordinario libro, Un pobre de Jesús. Pallais, en aquella Nicaragua atrasada y feudal, mantuvo el mensaje de Cristo, el mensaje de las palabras evangelizadas, afirmándolas en contra de la oligarquía de las paralelas históricas (liberales y conservadoras), criticando, con su actitud personal y con sus palabras vibrantes de poeta y orador, al clero oficial y a la dictadura. Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal lo ven como un precursor del espíritu vanguardista, no solo en el aspecto literario, sino en el religioso.

«Era una mezcla de Francisco de Asís y de Francis Jammes, gótico y moderno», dice Cardenal, «de cuerpo alto y enjuto rostro ascético, con sotana siempre raída, amigo de andar por los caminos, enintimidad con los humildes, su figura en Nicaragua fue casi de leyenda. Estaba en pugna con el poder civil y eclesiástico. Fue un hombre que vivió lo que escribió y lo que predicó, y en su palabra lo mismo que en su vida estuvo al lado de los pobres y en contra de los ricos. Sus sermones eran pintorescos y a la vez dramáticos, son una voz imponente y original, llena de curiosas inflexiones».

«Todo en él, desde su vida, hasta su físico», dice Julio Valle Castillo, «eran cosa poética, poesía o poema». Jorge Eduardo Arellano, en su Diccionario de autores nicaragüenses, afirma que fue un auténtico continuador de Rubén Darío, «Su poesía», dice. «es una predicación incansable de la verdad cristiana, jubilosa y franciscana, de comunión íntima con las cosas, con un sentido del canto que se remota a su formación clásica y a la Ilíada y a la Odisea, que comenzó a traducir en el español de Nicaragua».

Nos agrega ademàs dariana.com, que  conoció a Darío y éste percibió en el joven sacerdote al extraordinario poeta que surgía.

En 1916, a la muerte del Príncipe de las Letras Castellanas, pronunció el más memorable de los discursos pronunciados durante los funerales de éste.

En 1920, queriendo leer su libro Caminos a Guillermo Valencia, marchó a Colombia, haciendo el viaje -en gran parte- a pie.

Apadrinó generosa e incansablemente a todo nuevo valor que surgía de las letras nuestras.

El movimiento de Vanguardia lo invistió con el título de Capellán.  

Dirigió el centro de enseñanza secundaria, Instituto Nacional de Occidente, en León, Nicaragua.

 Sus obras principales son: Ala sombra del agua, 1917, Espuma y estrellas, 1919, El libro de las palabras evangelizadas, 1927, Bello tono menor, 1928, Caminos, 1921, Epístola católica a Rafael Arévalo Martínez, 1946, Piraterías, 19512. Glosas, 1971.

 In Omnibus Unum

Los pétalos son versos y los versos son cantos
y los cantos del color son los versos más santos;
el alma del color
en un verso y el alma del verso el luminosa,
y el alma de la nota, verso suave de rosa,
casto como el fulgor.

La música es pintura de escondidos amores,
y la ingenua pintura, música de colores:
tres notas, una voz:
circula por las formas de toda poesía,
como un ardiente soplo de mística armonía
la ráfaga de Dios!

El Soneto del Lucero del Alba

Sus ojos encantados de púdica hermosura
nunca se havían visto, ni se verán después
su gracia primitiva de cristiana dulzura
así como el lucero de la mañana es.

Los dos, en un paréntesis de rosada blancura,
son espigas hermanas de la Divina mies,
tanto, que en los caminos de tu visión más pura,
al Lucero del Alba, como a la niña, ves.

Inseparables ambos, el lucero y la niña.
En mi viaje dichoso por la celeste viña,
corté de los racimos dorados, el mejor;

un soneto glorioso. Diamante verdadero,
donde, catorce veces, la viña del lucero
juegue, bajo los cielos de su propio candor.

 

 


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